Las enseñanzas de Haiti
Teología de los desastres
Tus desbordantes secretos
Olvida lo que hace el mundo.
¿Qué haces tú?
Los mundos se vuelven siempre casas de ídolos.
¿Dónde está tu belleza oculta?
Supongamos que la hambruna cubre la tierra.
De ahora en adelante, nada: no hay pan, no hay sopa,
no hay comida en la mesa.
¡Oh Uno que a veces se revela a Sí Mismo
y otras veces se oculta!,
¿dónde está tu alacena, dónde está tu almacén?
Supongamos que el mundo se llena de espinas,
de serpientes y escorpiones.
Oh jubiloso Músico del alma,
¿dónde está Tu jardín de rosas?
Supongamos que la generosidad muere;
que la avaricia ha asesinado a todos.
¡Oh corazón nuestro!, ¿dónde está tu bondad?
¿dónde está tu dar a manos llenas?
Supongamos que la luna y el sol se han ido.
¡Oh Uno que nos muestra cómo ver y escuchar!,
¿dónde está tu fuego? ¿Dónde está tu luz?
Supongamos que no quedó un solo vendedor de perlas.
¿Cómo es que no te has hundido en joyas?
¿Dónde están tus nubes lloviendo perlas?
Supongamos que ni una sola boca, ni una sola lengua
puede hallarse para que revele un secreto.
Bien, pero… ¿cómo podrías Tú ocultar
tus desbordantes secretos?

~ Mevlana Yelaluddín Rumi

















Las enseñanzas de Haiti
Teología de los desastres

La escena es inevitable. Mirate en tu casa, con tus comodidades, tu
laptop e internet, tu horno de microondas, tu calefacción, tu carro, el
agua que corre cuando te bañas.  Todo este bienestar se te ha hecho
natural.  Es algo tan cotidiano que ha dejado de sorprenderte a tal grado
que no te despierta gratitud. De pronto ves a tus hermanos haitianos,
perderlo todo, absolutamente todo.  Ves sus caras de desesperación, su
desnudez, su total impotencia. Puedes apagar la televisión e ignorar
que esto esta pasando y te compras una pantalla plana mas grande;
puedes sentir desesperación y desasosiego por este mundo que
parece estar bajo el mandato de un Dios colérico o loco: te llenas de
miedo y te compras mas seguros de vida; o bien te conmueves por el
sufrimiento del otro, agradeces lo que tienes y te mueves para ayudar.  
Lo que elijas hacer es una decisión de tu conciencia, la forma en que
estás enfrentando la realidad.

¿Y cual es la realidad?.  Este mundo no es más que una ilusión, un
territorio de paso, un vientre que ofrece enseñanzas constantes para
que el ser humano se torne hacia su Fuente Ultima y reconozca el
misterio de la existencia, el profundo secreto.

¿Donde esta Dios en Haiti?.

Nuevamente una catástrofe orilla a la conciencia humana a replantearse
acerca de la bondad del Creador: Dios, Alláh, Jehová, Yave, el Gran
Misterio, la Luz Universal, como sea que se le invoque, para muchos es
inaceptable que el Todo Poderoso mande este sufrimiento al ser
humano.

Recientemente la revista Newsweek, publicó un articulo titulado: ¿Por
que Dios odia a Haiti?, firmado por la afamada periodista Lisa Miller.  El
terremoto de enero, que ya dejo 140 mil muertos, un millón de personas
sin hogar, y a la capital colapsada, es una más de las calamidades que el
pueblo Haitiano, el más pobre de Occidente, ha enfrentado
ininterrumpidamente. Después de la cruel dictadura en la década de los
60’s de los Duvalier, que implicó la tortura y desaparición de cientos de
miles de personas, el pueblo haitiano no ha dejado de enfrentar
desastres: enfermedades, inundaciones y huracanes.  

En su reportaje Lisa Miller pregunta a diferentes personalidades
religiosas ¿por que Dios hace sufrir a los inocentes?.
Sorprendentemente algunos miran la tragedia como un castigo divino
debido a que los haitianos han practicado el Vudú, otros simplemente
dicen que se trata de los Misterios de Dios. Entonces, podemos decir
que, desde la teología no hay una respuesta que permita enfrentar la
devastación con certeza de la guía y de la voluntad divina.  

¿Cierto?

La pregunta es ¿que pasa con la fe de los creyentes después de
experimentar una devastación así?.  ¿Que pasó con los judíos después
de Auswichtz?, o con los mexicanos después del terremoto de 1985, o
en Tailandia después del Sunami?.  Cómo se explican estos eventos,
que la humanidad ha sufrido desde su origen hasta el presente, y como
afecta la relación de la conciencia humana con el Creador?. ¿Cómo, un
creyente que pierde su casa, su familia, su ciudad, es decir toda
estructura que lo sostiene en el mundo, puede aun decir: creo en Dios y
creo que Dios es Compasivo y Amoroso.

Los predicadores parecen dividirse en dos: aquellos que asumen que
toda desgracia es un castigo por el actuar pecaminoso de los fieles (o
infieles) y que todas las historias en donde Dios manda la destrucción
(como el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la Torre de Babel,
y la desaparición de muchos otros imperios) son el resultado de la
corrupción y la arrogancia humana, de manera que Dios ha destruido
ciertas civilizaciones cuando estas se han maleado completamente y lo
hace para protección de la humanidad como conjunto. La Revelación,
ciertamente afirma que asi ha sido. (Suras, Biblia, etc.)

Con la aparición del Jesús, esta expiación no se consumó a través de la
destrucción de la civilización (el Imperio Romano), sino a través del
sacrificio y ascenso del Espíritu Santo, personificado por Jesús, que la
paz de Dios este con el.  Por eso se dice que, Jesús inaugura una nueva
época o estación de la relación del ser humano con Dios, donde la
compasión y el amor prevalece.

Con base en esta refundación sacramental, los religiosos rechazan la
teoría del castigo y afirman que Dios es Amor y por lo tanto no destruirá
a su Creación. Frente a los desastres naturales y tragedias universales,
esta teología, dice que se trata de los Misterios Divinos, entonces, son
sucesos inaprensibles para el ser humano, lo que importa es la vida en
el Mas Allá. Existe un gran temor de decir que Dios ejerce este rigor
contra la humanidad, porque implicaría asumir que Dios es también
castigador implacable, sentiríamos miedo y la Inquisición volvería a
renacer como figura histórica.  

Vemos entonces a dos tipos de religiosos, unos alzando los libros de la
Revelación predicando “Dios es Amor” y a otros diciendo “Temedle a
Dios porque su castigo será implacable”.  Casi siempre los segundos se
identifican con la teología del Apocalipsis y los primeros con el
Evangelio del amor al prójimo y la sumisión o fe ciega al Creador.  

Esta dualidad teológica ha producido una grieta en la fe del creyente
quien dice: Dios es bueno, pero el diablo existe.  Adoramos a Dios, pero
también al diablo hay que ponerle sus florecitas para que la desgracia
no nos llegue. Muchos consideran erróneamente que el demonio tiene
tanto poder como Dios, y que ambos pelean casi en igual de
circunstancias para gobernar el mundo y al ser humano. En el Mas Allá
también prevalece esta dualidad: o el Paraíso o el Infierno. Así que es lo
mismo, un lugar donde reina Dios y otro donde reinan los demonios.
Entonces aquí, en este mundo, todo es un caos, porque el mal opera
indiscriminadamente  pasando por encima de la voluntad divina.  Si:
Dios es débil, sufre por nuestros pecados, esta en una cruz pidiendo
nuestra redención, mientras tanto el demonio hace de las suyas.  
Entonces para sobrevivir,  en el mundo hay que “negociar” el libre
albedrío humano incluye una especie de voto (a favor de Dios o del
diablo), eliges el bien o el mal. Pero si eres bueno, también te va mal,
entonces nada te protege realmente. La Misericordia es azarosa e
impredecible. Lo mejor es  rezar para que no te toque a ti y tratar de ser
bueno lo mas que se pueda.

Una teología así, llena de parches, arreglos, contradicciones, divisiones
y dualidades, no puede sostener a un creyente, no le puede dar la
fuerza para enfrentar la dificultad, sea una total devastación como la
que enfrentan los Haitianos, o una enfermedad como el cáncer, o la
perdida de un hijo, la decepción amorosa, la perdida de trabajo, o la
perdida de agua en tu casa un fin de semana.

Entonces ¿para qué nos sirve la religión?.  Cómo podemos tener una fe
realista y activa. ¿Podemos asirnos a las Escrituras Sagradas?.  Cuando
todo se derrumba, ¿cuáles son los postulados teológicos que si nos
pueden dar fuerza, certeza y amparo?

Lo cierto es que si hay en todas las religiones develadas, principios
teológicos para comprender el propósito de estas tragedias y su
transfondo misericordioso.













LA TEODISEA

Cuando nos enfrentamos a una catástrofe, personal o grupal, nos
encontramos frente a uno de los arquetipos de la existencia humana: la
Teodisea.  Entonces, recordamos de lo que se trata: de que nuestra vida
es un viaje, un recorrido por las diferentes formas existenciales, hasta
encontrar la forma existencial superior, es decir, al verdadero ser
humano.  Los Profetas, los Santos y los Enviados de Dios, representan
este arquetipo, así que los tenemos como ejemplos y guía. A través de
las imágenes salvificas que Dios develó a través de ellos, podemos
hacer nuestro viaje, seguros que que al final de la Teodicea, (de la
aventura con dificultades y pruebas) encontraremos la Misericordia
Divina.  Por ejemplo, las pruebas que atravesó el Profeta Job, y todas
sus desgracias, (la pérdida de sus tierras, su casa, sus hijos, la pérdida
de la salud), podría traer al pueblo de Haiti y a toda la humanidad una
esperanza de que al final de la Ordalía, lo que vendrá es bendición y
restauración.

Así sucedió con la ciudad de México, después del terremoto de 1985.  
Desde entonces surgieron nuevas formas de solidaridad y arte,
nacieron muchos grupos no gubernamentales. Prácticamente la ciudad
se refundó, trayendo mas vida, plenitud y también mas complejidades.

Lo mas importante, frente a los momentos de contracción, es la
paciencia y la certeza en Dios. Esa es la piedra filosofal que sostuvo a
todos los Profetas y que sostiene a cada ser humano en sus
dificultades. Por otro lado, el eje de todas las religiones es la afirmación
de la Unidad, es decir solo existe un solo Dios, una Sola Realidad, que
sostiene y Gobierna todos los Mundos.  No hay dualidad.  Desde esta
óptica, entonces, también la humanidad es un solo cuerpo, una solo
entidad.  La Misericordia no es algo fragmentario sino que nos abarca a
todos.  Como el sol, la noche y el dia, el oxigeno, siempre existe para
todos, pero por supuesto se manifiesta de diferentes maneras. Esta es
la Compasión que no cesa, lo que sostiene la vida de toda la humanidad,
sin importar nuestra acciones. Entonces no es al pueblo Haitiano al que
le esta pasando una tragedia, sino que la vivimos todos, en diferente
magnitud e intensidad.

Pero, qué pasa cuando negamos la Unidad de la Existencia, es decir,
cuando negamos el más importante principio teológico de todas las
tradiciones sagradas. Negamos la revelación y nos quedamos
empobrecidos tratando de explicar la realidad desde nuestra mente
lógica y decimos: a los haitianos les esta pasando esto porque ellos se
lo buscaron, se lo merecen, o bien, para no emitir juicio decimos
pertenece al Misterio Divino, o sea no es nuestra responsabilidad, no
nos compete.

Primero que nada, no podemos soslayar que parte de nuestro destino
como humanidad es enfrentar la muerte, la pérdida y la enfermedad.  
Esta realidad se presenta en grado superlativo (por lo masivo y lo
contundente) en los desastres naturales y tragedias que barren por
completo cualquier estructura física, tan dramáticamente hasta tocar el
sustento mismo del cuerpo humano: el agua y el alimento.

 El mundo está diseñado, con base en una dinámica que incluye estas
tragedias, nuestra experiencia de vida nos lleva por esta Teodisea, la
queramos o no. En diferentes grados y formas cada ser humano
atraviesa por sus pruebas. Esto significa que: 1.- estamos equipados
para poder enfrentarlas y 2.- estas pruebas son necesarias para nuestro
crecimiento, como personas, como pueblos y como naciones.  Gran
parte de la superación de la prueba es aceptarla y vivirla como una
oportunidad para rendir nuestra particularidad a la Unidad.

El sentido de nuestro dolor entonces, podemos asumirlo como una gran
transformación.

 Si tomamos refugio en las imágenes arquetípicas verdaderas, como
dijimos las representadas por los Profetas, entonces podemos confiar,
como el Profeta Moisés confió en Dios y pudo llevar al pueblo judío a la
liberación cruzando el Océano por gracia divina. Los milagros ocurren
cuando traemos estas imágenes a nuestra experiencia cotidiana.  
Entonces descubrimos que estas ordalías proféticas no son leyendas,
sino formas de Misericordia eternas, presentes en todo momento. Son
naves salvificas que nos garantizan la victoria espiritual.

 Así que podemos decir. Parte de nuestro destino son los desastres
naturales así como el dolor, los obstáculos, la contracción, la pérdida y
efectivamente la muerte. Gracias a aceptarlo vivimos más tranquilos y
nos preparamos para ello, no con miedo sino con valor. Si este mundo
es una Universidad para el alma, hay momentos de “exámenes”, hasta el
examen final. ¿que aprendemos mientras estamos aquí?

 Otro principio teológico es que esta vida que tenemos es temporal, y
que nuestra esencia es divina, por lo tanto, cuando fallecemos, deviene
la realidad primordial: nuestra existencia eterna en el encuentro con
nuestro Creador.  El alma emigra de este mundo fenomenológico al
reino de la Conciencia Eterna.

La mentalidad Occidental y su estilo de vida, nos aleja completamente
de este principio de nuestra existencia, porque busca negar nuestra
temporalidad. Pensamos que la tecnología, el dinero, el poder y en
general nuestras pertenencias materiales son las que nos sostienen y
nos dan seguridad.  Valoramos si nos va bien o mal, dependiendo de
cuanto tenemos y de que no padezcamos ningún mal o contracción.  
Entonces, nos volcamos a negar y evitar a toda costa, los obstáculos y
el dolor de la vida.  Compramos toda clase de seguros para darle
perpetuidad a esta mentira, nos hacemos cirugías para negar le vejez,
tomamos píldoras para no sentir angustia, tristeza o confusión.
Paulatinamente nos alejamos de nosotros mismos convirtiéndonos en
autómatas, seres productivos y funcionales para el mundo material,
carentes de conciencia espiritual.

 Además de la enseñanza profética, nuestra vida misma y la vida de la
naturaleza nos ofrece imágenes de esperanza y redención. Por largo
tiempo he pensando en la imagen del parto como el arquetipo de
nuestra existencia.  En el parto hay una complicidad amorosa entre la
madre y el hijo.  Ambos experimentan dolor, un dolor que muchas
madres describen como extremo.  Pero al mismo tiempo, lo que esta
ocurriendo es un nacimiento, una profunda transformación. Es una
iniciación a la vida. Cuando el bebe sale de la madre, y ambos se
reúnen, lo único que hay es Amor.

 Cada experiencia de contracción, es un parto. Sin embargo,
renunciamos a esta experiencia con tal de evitar el dolor. Ahora
buscamos partos programados. La cesárea tan difundida nos anestesia y
entonces lo que viene es una depresión post-parto y una invalidez de la
madre para poder atender al hijo: levantarse cada 3 horas y alimentarlo,
lo que implica olvidarse de ella misma y volcarse al servicio.  ¿Nos es
este el sentido mismo de la existencia? ¿Como nos preparamos para
ello si a cada contracción buscamos anestesiarnos?.  El hijo mismo nace
débil y confundido, sin su rito de iniciación. Sale del vientre como
secuestrado a un ambiente completamente distinto, sin haber pasado
por el túnel (el útero) de preparación  y comienza a sentir mucha
angustia por existir.  Así son nuestros proyectos y acciones (nuestros
hijos simbólicos) cuando les tratamos de suprimir el dolor que implican:
débiles y confusos.

 Cada vez que la vida nos trae un dolor, la pregunta es ¿que hacemos?
nos anestesiamos o nos rendimos a la transformación, experimentando
completamente el dolor y al final el gozo.  

No hay gozo sin dolor.  Otra imagen iniciática es la expulsión de Adán y
Eva: ambos se fundían en el gozo del existir sin preocupaciones,
angustias o esfuerzo, en el estado llamado Paraíso, hasta que el
demonio les tentó a probar el fruto del conocimiento del bien y el mal. A
instancias de la “negatividad” ellos mismos se excluyen del estado de
Misericordia a un estado de conciencia de su individualidad y por lo
tanto de su dependencia. Comienzan a experimentar dolor y separación,
es decir la vida en este mundo fenomenológico. Así inicia el recorrido
del alma, con una expulsión, del útero/paraíso. Cada cambio de
conciencia nos requiere una expulsión, una migración, salimos de un
estado de confort para enfrentar nuevas contrariedades, retos y
paradigmas, y gracias a esto crecemos, claro si la opción de nuestra
conciencia es crecer, porque si nos quedamos en el odio y la
desesperanza puede ser que las crisis nos acaben.

 Comenzamos este articulo hablando de las aparentes contradicciones
teológicas que nos impiden sostener una fe y una imagen del Dios
Amoroso especialmente en los momentos cuando todo se derrumba.













 Cuando decimos creemos en Dios, quizás no estamos consientes de lo
que esto implica. Primero que nada asumimos que solo somos criaturas,
que no tenemos existencia propia y que efectivamente, Dios es el Señor
de todos los Mundos, el Soberano, el Sabio. Desde ahí implica una
redención, una Sumisión.  Pero no se trata de vivir nuestra fe a ciegas,
resignándonos a la voluntad divina sin comprenderla.  Dios nos ha dado
un poder y una soberanía también sobre la Creación, así que
compartimos una responsabilidad, y por lo tanto nuestras acciones si
tienen consecuencias que debemos enfrentar, como seres humanos,
como familias y como naciones, esto nos da un piso gracias al cual  
podemos interactuar, aprender y crecer. Pero esto no significa, en modo
alguno, que tenemos control sobre la realidad total, como si pudiéramos
descubrir el programa (el ADN) y entonces manipular al universo hasta
que “la realidad nos obedezca”. Esta es la gran ilusión y error de los
científicos.  Es una imagen muy infantil y perversa.

Nos protege, por ejemplo, el no explicar lógicamente lo que nos pasa en
la vida, lo consideremos bueno o malo. Si decimos: es un premio porque
me porte bien, o es un castigo porque me porte mal, reducimos nuestra
existencia a una rata de laboratorio. Un buen alumno espera la
respuesta del maestro. Muchas veces lo que consideramos bueno
resulta ser algo nocivo para nuestra vida, y lo que aparenta ser una
tragedia, es una nave espacial que nos lleva a un salto cuántico en la
conciencia. La vida es un Misterio, un camino de expansión constante.  
No sabemos lo que viviremos y al mismo tiempo en el camino tomamos
decisiones y acciones que van moldeando nuestro destino.

 Entonces, la verdad teológica nos enseña que debemos caminar por la
ambigüedad, no la confusión, pero si la ambigüedad. Por un lado,
tenemos un destino, es decir, un conjunto de experiencias
insoslayables, únicas e irrepetibles que vamos a vivir y que esto está
mas allá de nuestra voluntad y control.  Esta verdad, es tan clara, como
el hecho de reconocer que no sabemos por qué nacimos en tal o cual
país, o por qué fuimos hombres o mujeres, o por qué nos tocaron los
padres que nos tocaron, o por qué fuimos pobres o ricos, o negros o
blancos.  Si experimentamos nuestra vida plenamente lo vamos a ir
descubriendo y de esa manera, conociéndonos profundamente
conocemos a Nuestro Señor. Pero, al mismo tiempo, es cierto que
conforme crecemos y optamos por tal o cual camino, también podemos
vivenciar la Misericordia divina como una relación amorosa entre Dios y
nuestro ser.  La fe se convierte en un universo vital  interactivo y
presente en cada momento.  La oración, las acciones de piedad, la
búsqueda de conocimiento, la contemplación, y el sometimiento de
nuestro ego, se vuelven las herramientas del cogobierno con Dios.  
Este es el poder que Dios le ha dado a la humanidad, para realizar sus
atributos divinos.

 Volviendo a la ambigüedad, también es importante reconocer que Dios
es el Todo Misericordioso, y al mismo tiempo el Todo Poderoso, es El
que guía y el que desvía, el que Crea y Destruye, el que Recompensa y
Castiga, el que Exalta y Humilla, como dice el Profeta Job, el que da y el
que quita. Pero, Dios es sobre todo Unidad, y sobre todos estos
atributos aparentemente duales, esta su Compasión y Su Misericordia.
La conciencia humana puede experimentar toda clase de experiencias,
de la dulzura y el rigor divino, si se refugia en el principio ultimo de la
esencia divina: en su Misericordia, ese es un territorio completamente
seguro. No importa si nuestro sufrimiento es consecuencia de nuestras
transgresiones o inconsciencia, o bien, si nuestro dolor es parte de las
experiencias que El nos da para crecer: nos aferramos totalmente a esta
Misericordia y las aguas se abren.  

Por lo tanto. reconocemos que el “diablo” o la negatividad no operan
autónomamente, sino están también bajo el gobierno de Dios.  La
Teología Mística devela que el fin ultimo de esta “negatividad” es la
Misericordia Divina. Así que cuando nos llega “una maldición” como un
perdida, o una traición, podemos atribuírsela al demonio y vamos a que
nos hagan una limpia. O bien decir: todo bien y todo lo que aparenta ser
malo viene solo de Dios y es para mi bien.  Desde ahí hacemos una
afirmación de la Misericordia divina y asumimos que no sabemos.  
Realmente el Ser humano no sabe lo que le conviene, porque no
conoce lo que esta atrás y delante de cada evento, solo Dios lo sabe.
Aquí otra vez el tema de la ambigüedad nos toca. Porque estos atributos
divinos se presentan en nuestra realidad mezclados. El Amor y el Poder
divinos, el libre albedrío y la Majestuosidad divina, la contracción y el
gozo. Para experimentar su Grandeza y su Amor Dios nos da la vida y
también nos las quita. Reconocemos que estamos en un universo
temporal, reconocemos nuestra dependencia total en Dios, pero al
mismo tiempo experimentamos su Infinita Compasión cuando nos
tornamos a El y ascendemos en cada peldaño de nuestra existencia,
paso a paso sostenidos por El.  La vida se vuelve gozoza y algo certero.
Nos damos cuenta que la muerte no existe, porque nos establecemos
en lo que es intemporal de nosotros mismos, nos establecernos en el
eje de toda la existencia.

Además de los Profetas, la humanidad cuenta con millones de historias
de seres humanos que tras una enfermedad, un accidente, o una
experiencia de traición experimentan un salto de conciencia, una
transformación que los lleva a realizarse plenamente como seres
humanos y cuando lo logran, entonces agradecen la prueba, la
contracción y todo el dolor experimentado.

 Es lo que los alquimistas llamaban la transformación del alma.  Es a
través del fuego como el carbón se convierte en oro

 Ahora que presenciamos la tragedia de Haiti, su dolor y desesperación,
podemos asirnos a la verdad profética y despertar.  Si no somos
haitianos, podemos movernos a la solidaridad y experimentar el amor al
prójimo, podemos contemplar y darnos cuenta que este mundo es solo
apariencia, y que quizá para muchos haitianos esta tragedia sea un
regalo que Dios les da para experimentar la Realidad Ultima.  

El velo se rasga, todo se derrumba y lo que queda es solo Dios.

© 2010 Janine Rodiles. All rights reserved.